Intervención de Lorenzo Córdova en la mesa: La construcción de la ciudadanía rumbo al 2020, del seminario “Construcción de ciudadanía, interculturalidad y los desafíos democráticos

Escrito por: INE
Tema: Consejero Presidente

VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DE LA PARTICIPACIÓN DEL CONSEJERO PRESIDENTE DEL INSTITUTO NACIONAL ELECTORAL (INE), LORENZO CÓRDOVA VIANELLO, EN LA MESA “LA CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDADANÍA RUMBO AL 2020”, COMO PARTE DEL SEMINARIO “CONSTRUCCIÓN DE CIUDADANÍA, INTERCULTURALIDAD Y LOS DESAFÍOS DEMOCRÁTICOS, REALIZADO EN EL RECINTO QUE ALBERGA LA BIBLIOTECA IBEROAMERICANA OCTAVIO PAZ DE LA UNIVERSIDAD DE GUADALAJARA

 

Muchísimas gracias, muy buenas tardes tengan todas y todos.

Quiero comenzar, antes de dar lectura a un texto que preparé para este propósito, para este evento. Quiero comenzar con algunos agradecimientos y una sentidísima disculpa.

El agradecimiento es a quienes, en primera instancia, a quienes integran la Sala Regional Guadalajara del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, tres amigos y admirados profesionistas del derecho: a la Magistrada Gabriela del Valle, al Magistrado Sergio Guerrero, y por supuesto, a Jorge Sánchez cuya generosa invitación hoy finalmente me tiene aquí.

Quiero, además, agradecer la oportunidad de compartir este espacio con un compañero de batallas y de construcción, producto de un sano y enriquecedor intercambio de posturas, de posiciones, de preocupaciones, que nos han permitido a lo largo de los últimos años ir generando pues las directrices sobre las que hemos logrado volver el sistema nacional electoral, derivado de la reforma de 2014, una compleja pero viable realidad.

Al Magistrado Felipe Fuentes, quien encabeza la Sala Superior, mi agradecimiento y reconocimiento. Y, por supuesto, a Karla, presidenta del Instituto Electoral de Sinaloa, compañera en el ámbito administrativo en la construcción y la responsabilidad de conducir el sistema nacional electoral, mi afecto.

La disculpa, obligada, después de algunos años, es a mi queridísima y admirada amiga Gabriela del Valle, que con justa razón hoy reclamaba que, luego de no sé cuántas invitaciones en su calidad de Magistrada Presidenta de la Sala Regional, infructuosas, me decía ahora entendí que para que vengas a Guadalajara no tenía que firmar yo los oficios de invitación. Una enorme disculpa que aquí quiero hacer con mucha humildad y con mucho sentimiento a Gabriela.

No han sido años fáciles, no son momentos fáciles, es cierto, no serán momentos fáciles los que enfrente el sistema nacional de elecciones, pero sabe que en mi ausencia o la desatención a sus invitaciones es inversamente proporcional a mi afecto y a mi estima, y a mi reconocimiento.

Quiero también, y antes de seguir adelante, hacer un reconocimiento al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, a la Organización de Estados Americanos por la invitación a coorganizar este evento.

Creo que es un evento que se realiza en un contexto complejo para el Sistema Nacional de Elecciones, creo que es un evento que tiene un doble propósito: analizar una serie de temáticas, hacer un balance sobre cómo hemos avanzado, cómo las hemos modelado en estos ya cinco años del Sistema Nacional de Elecciones.

Con el propósito de hacer un corte de caja y encaminarnos hacia los tiempos por venir. Creo que es muy pertinente la realización de este seminario, pero además creo que es un espacio que se concreta en un momento en donde, además, ilustra una vocación de las autoridades electorales nacionales, la jurisdiccional y la administrativa, por mandar un mensaje de unidad del Sistema Nacional de Elecciones, hacia afuera y hacia adentro.

Son tiempos complejos los que estamos viviendo, como lo han sido los que hemos transcurrido y si hoy estamos donde estamos, es porque a pesar de algunas mezquindades, a pesar de que ha habido quien no ha sabido anteponer el interés del sistema nacional de elecciones y la vocación democrática, en términos generales, quienes aquí estamos, hemos hecho lo contrario.

Creo que quienes estamos aquí somos, digámoslo así, tripulantes de un único barco y si el barco que tripulamos le ha permitido a la sociedad mexicana gozar con elecciones en donde el ejercicio del voto libre es una realidad y está garantizado, es porque hemos sabido sincronizarnos en nuestras responsabilidades como tripulantes del barco del Sistema Nacional de Elecciones y creo que, para lo que viene, tendremos que reforzar este tema.

Con respeto a nuestras respectivas competencias y responsabilidades, pero aquí no hay modo, como me gusta decir, que al Instituto Nacional le vaya bien, si le va mal al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

O que al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación le vaya bien si le va a mal al INE, o que al INE le vaya bien si le va mal a un OPLE, o que le vaya bien al sistema OPLE si le va mal al INE, o que le vaya bien al INE si le va mal a un tribunal electoral, o a la Sala Superior si le va mal a un OPLE, y así hacia adelante con todas las combinaciones posibles.

Creo que para los tiempos que vienen, asumir cada uno nuestra trinchera y nuestra responsabilidad esta perspectiva es indispensable. No hemos pasado tiempos fáciles, no vamos a enfrentar tiempos fáciles. Y creo que la altitud de miras en nuestras respectivas responsabilidades mientras estemos ocupando el encargo y la responsabilidad de nuestros respectivos mandatos es indispensable.

Y creo que también son tiempos en que quién no esté dispuesto a asumir esa responsabilidad nos permita a quienes sí lo estamos haciendo seguir nuestro camino.

Agradezco particularmente a la Sala Regional de Guadalajara la invitación, pero, sobre todo, la oportunidad para poder tener este espacio que, como decía, es un espacio de reflexión de cortes de caja, de construcción de rutas y definición de las rutas futuras hacia dónde queremos llevar el sistema electoral, y también como decía un espacio de encuentro y de recreación de nuestro compromiso y vocación democrática en nuestras distintas trincheras.

La ciudadanía que es un tema central de esta mesa de análisis es, como ustedes saben, un concepto esencialmente moderno que ha evolucionado de forma paulatina pero constante en el último siglo de la mano de transformaciones y procesos políticos y sociales históricos.

En México su evolución ha sido, me atrevo a decir, especialmente acelerada en los últimos 50 años a partir de la década de los 50 y, sobre todo, desde la última década del Siglo XX.

Los tiempos que corren en México y el mundo han gestado además una nueva dimensión de la ciudadanía, la que algunos llaman ciudadanía digital, y esta nueva forma de entender la vinculación con una comunidad política, de participar en ella, de ejercer y reclamar derechos, y de hacerse cargo de responsabilidades.

Una dimensión que no debemos olvidar tiene la ciudadanía, no solamente es el ejercicio de prerrogativas y derechos, sino también el cumplimiento de ciertas responsabilidades, supone todo un nuevo espectro de desafíos que es preciso identificar y comprender.

Pero antes de abordar la ciudanía digital y sus retos para nuestra vida en común hay que tener presentes algunos asuntos. La ciudadanía desde el punto de vista conceptual ha sido definida en múltiples perspectivas que se pueden ubicar esquemáticamente en dos extremos.

Por un lado, las visiones minimalistas de la misma que la acotan a una dimensión esencialmente vinculándola a un espacio geográfico, político y a una determinada edad, al paso del tiempo y especialmente a partir del gradual reconocimiento de los derechos humanos y la lucha social por expandirlos y hacerlos exigibles.

Esa visión fundacional pero minimalista de la ciudadanía ha dado también paso a enfoques maximalistas, según estas visiones, la otra dimensión, suponen el expandir el ámbito de ejercicio de origen mismo de la ciudadanía.

Hemos pasado de concebir la identidad y pertenencia ciudadanas como un asunto, del lugar de nacimiento o bien de residencia, la dimensión geográfica y la edad; por otro lado, a entenderla como resultado de un proceso de hechura y construcción dinámicos.

Estrechamente asociados al reconocimiento y exigencia de derechos no solo políticos, sino también derechos civiles, sociales y culturales. Desde este punto de vista yo creo si bien, hay una tradición histórica conceptual de identificar a los derechos políticos, como los derechos de participación pertenecientes a la propia ciudadanía.

Al hecho de que todos los derechos civiles o sociales, incluidos, tienen también una dimensión política. En los contextos actuales más nos vale, como intérpretes del derecho como operadores jurídicos, entenderlo.

Lo que está pasando en el mundo en términos del desencanto con la democracia, no es otra cosa, sino la reconsecuencia de las promesas incumplidas de la misma democracia, y si lo queremos traducir al término de dimensiones jurídicas, no tiene que ver tanto con los derechos políticos, sino más bien con el incumpliendo y satisfacción de los derechos sociales y de los derechos civiles.

Se dice que es difícil construir ciudadanía, cuando nuestro juego muchas veces irresponsable, es ver cuanta pobreza y desigualdad aguanta la democracia.

Bueno pues desde este punto de vista y de manera correlativa a esta idea, la satisfacción de los derechos sociales y de los derechos civiles también tiene un componente político.

Con la desigualdad y la pobreza que hoy tenemos difícilmente podremos pretender que tengamos ciudadanos a la altura del ejercicio y cumplimiento de los derechos y cumplimiento de las responsabilidades políticas.

Desde este punto de vista, todos los derechos tienen una dimensión política, los políticos por supuesto más que los otros, pero los otros también los tienen.

En otras palabras, desde una perspectiva maximalista, no sólo se es ciudadana o ciudadano por haber nacido o por residir en algún lugar y por cruzar el umbral de una edad mínima, la ciudadanía implica la construcción de la misma a partir del reconocimiento y ejercicio de los derechos de todos, de su exigencia, del cumplimiento de responsabilidades de cada ciudadano con la comunidad política a la que pertenece.

Y en esta lógica, la ciudadanía se integra por un conjunto de valores, hábitos, actitudes y sentimientos de los individuos que se expresan en prácticas especificas a partir de las interacciones con los demás miembros de la comunidad política.

Quizá el punto de quiebre de la evolución de la ciudadanía, ha sido justamente la incorporación de una visión de derechos como eje central del ser ciudadano, a partir, sobre todo, de la década de los noventa en el siglo pasado.

La noción contemporánea de ciudadanía, pues implica como el derecho a tener derechos políticos y aquí hay que tener cuidado con identificar a la ciudadanía como simple y sencillamente la titularidad de derechos.

Eso es justo lo que en los años 50s, Marshall inauguró los derechos fundamentales son los derechos del ciudadano y eso es lo que ha propiciado aberraciones como aquella de la Ley 187 en California que  decía: no espérate, los derechos fundamentales son sólo para los ciudadanos, tienes una residencia ilegal, no tienes derecho a la atención médica.

Cuidado con esto. Cuando hablamos de ciudadanía, no es solamente tener acceso a los derechos, es  tener acceso a los derechos políticos.

El otro estatus, el de persona es el que da acceso a los demás derechos. En otras palabras, ser ciudadano, supone en esta concepción, no sólo tener voz, sino participar e incidir en la vida pública con el fin de apropiarse de ella.

Así, al ejercicio del voto, clave en la vida democrática, se suman otro conjunto de mecanismos de control ciudadano, no necesariamente electorales, que fortalecen la rendición de cuentas, la exigencia de derechos y la posibilidad de su ejercicio.

Ser ciudadano o ciudadana, no es en consecuencia sólo ir a votar, aunque sin esta práctica es difícil hacerse llamar ciudadano en forma integral, sino también demandar que los representantes populares cumplan con sus propuestas de campaña, organizarse con los vecinos para exigir la reparación de los asuntos y los servicios públicos más elementales.

Hacer ciudadanía en consecuencia, es también denunciar un acto de corrupción, exigir calidad en la enseñanza, en el abasto de medicamentos, en los servicios de salud, sabiendo que los impuestos con los que contribuimos, son una responsabilidad que aporta recursos esenciales para financiar estos servicios, pero que nos autorizan como dirían los padres fundadores en los Estados Unidos, el derecho de exigir.

En este nuevo contexto, la ciudadanía digital se incorpora en la vida democrática como una nueva forma de participar e involucrarse en los asuntos públicos. En problemas compartidos y eventualmente en soluciones comunes, una forma de participación estrechamente vinculada con el acceso y el uso de instrumentos y mecanismos tecnológicos como el internet las plataformas digitales y las redes sociales.

En el océano de definiciones que existen sobre ciudadanía digital, predomina la idea de que el ejercicio activo de la ciudadanía en los entornos digitales, requiere de un conjunto de competencias y habilidades específicas.

Para decirlo en pocas palabras, así como la ciudadanía plena en el sentido convencional no depende solamente de tener una residencia o una nacionalidad y haber cumplido un mínimo de edad, la ciudadanía digital tampoco se acota con el tener acceso a internet o tener una red social.

Y esto creo que es importante reflexionar, porque ciudadano no es nada más el que vota, no es nada más el que participa políticamente, es el que lo hace de manera informada y de manera responsable.

Del mismo modo, en el que el ciudadano en la dimensión digital tampoco es el que mienta la madre con un tweeto el que simple y sencillamente expresa sus emisiones a favor o en contra de algo por una red social., también implica el cumplimiento de una responsabilidad en la construcción colectiva de la política democrática.

Es algo que algunos han definido, por cierto, como alfabetismo digital para actuar de forma innovadora y productiva, pero también ética y responsable en los entornos digitales.

No me detengo sobre los números del internet, cambian todo el tiempo, todos los días se incrementa el acceso a estas nuevas plataformas, pero por eso, también, todos los días, se incrementa o debería incrementarse del mismo modo la responsabilidad con la que se hace política en estos medios.

La ciudadanía digital, sin lugar a dudas ha traído consigo muchos beneficios. Las y los ciudadanos tienen un mayor acceso a la información en cantidad y en diversidad de fuentes, en parte, por cierto, como consecuencia de la facilidad con la que ahora las personas pueden generar información y conocimiento, con calidades muy heterogéneas, por supuesto.

Al mismo tiempo, se han entablado nuevas reglas de interacción social que han hecho más horizontal la comunicación entre ciudadanos y autoridades de todo tipo.

Se ha ampliado el alcance e impacto de la participación y la incidencia ciudadana. Se ha dado voz y espacio a grupos y a personas que de otra forma no la tendrían. Se han construido nuevos recursos de organización y movilización ciudadana expandiendo sus alcances y fuerza, pero al mismo tiempo, la ciudadanía digital enfrenta retos fundamentales, no sólo de cara a 2020, como lo plantea el título de esta mesa, sino desde ahora y durante los siguientes lustros.

Permítanme compartir con ustedes en este sentido, en la lógica de los desafíos que tiene la construcción de ciudadanía con el contexto digital y de comunicación que hoy se vive, algunos de los problemas que en clave democrática enfrentamos.

Los entornos digitales, y particular las redes sociales digitales han contribuido a generar una falsa expectativa que, por cierto, se ilustra muy bien con la cantidad de textos que, a finales de la década pasada, en plena irrupción de las redes sociales y de la profusión del uso del internet, pareció generarse.

Hace algunos años, muchos, ante la irrupción de las redes sociales, pensaron que era inevitable que la democracia representativa trasmutara tarde o temprano en una e-democracy, en donde cada ciudadano, desde su celular, en la comodidad de su casa, podría estar involucrado permanentemente en el proceso de toma de decisiones, influyendo de alguna u otra manera en las mismas y, volviendo innecesarios y obsoletos los mecanismos de la representación política democrática, sobre las cuales esta forma de gobierno se ha construido a lo largo de los últimos dos siglos y medio.

Es una falsa ilusión. Hoy sabemos que la irrupción de las redes sociales no necesariamente genera una democracia de mejor calidad y, peor aún, no necesariamente genera democracia.

El mejor ejemplo en este sentido es justamente lo que ocurrió con los distintos procesos políticos de abatimiento de autocracias en los países del Norte de África en la así llamada Primavera Árabe, en donde, sin lugar a dudas, los medios sociales, las redes sociales, los medios digitales, generaron un contexto distinto, nunca antes visto, que permitió la caída de esos regímenes autoritarios, pero ninguno de esos países es hoy una democracia.

Si acaso Túnez que está en proceso de realizar su segunda elección, luego de la caída del autoritarismo que, durante más de una década caracterizó a ese país; por cierto, con el respaldo técnico y el apoyo a través del PNUD y de la Comisión de Venecia del Instituto Nacional Electoral, pero Túnez todavía no es una democracia.

Y ninguno de los países de la Primavera Árabe se convirtió en automático en una democracia. Y creo que la respuesta es muy sencilla, las redes sociales son poderosísimos mecanismos de comunicación que permitieron, en su momento, convocar a manifestaciones, espacios de protesta, burlando incluso los severos mecanismos de control político de los regímenes autoritarios de aquella región y provocaron, como fichas de dominó, la caída una tras otra de aquellos regímenes.

Pero son mecanismos absolutamente insuficientes para construir democracia, porque las redes sociales no es que sean democráticas per se, las redes sociales son sólo mecanismos de comunicación y como ha ocurrido a lo largo de la historia, los mecanismos de comunicación, los distintos medios de comunicación, de la propaganda pueden ser utilizados en clave democrática o en clave antidemocrática, y ese es parte del problema que hoy enfrentamos.

Nos creímos esa falta de ilusión de que las redes sociales iban traer consigo aparejadas un reforzamiento de la democracia, y es que, creo que para el análisis, las redes sociales sólo cumplen con uno de los múltiples requisitos que tienen y que requiere la discusión democrática desde la antigüedad clásica hasta nuestros días.

Sí, las redes sociales horizontalizan la capacidad de intervenir en la discusión pública, con un paréntesis, nota a pie de página, o al menos eso creemos, porque no hay que olvidarnos que las redes sociales muchas veces son autorreferenciales, cuando uno manda un tweet cree que lo está escuchando todo el mundo.

Y al final del día lo está escuchando una comunidad, en muchos sentidos como decía autorreferencial, claro, aunque sólo sea eso, ya es un cambio radical respecto a lo que teníamos.

Y desde este punto de vista es una serie de mecanismos que permiten una inclusión mucho mayor de lo que ocurría en el pasado.

Desde este punto de vista sin lugar a dudas, se cumple con una de las características del debate democrático que es que sea lo más incluyente posible, pero no basta eso, el debate democrático, la discusión democrática requiere al menos, dos componentes adicionales.

Sí la inclusión, pero al menos dos puntos adicionales; el primero es el compartir una base mínima de entendimiento y de información, un debate, permítanme ilústralo y no hago otra cosa sino hacer algo que no deberíamos hacer con tanta frecuencia, yo no lo hago que es meterme a mi tweet.

Si yo digo algo en Baja California se está violentando gravemente el orden democrático y del otro lado de la respuesta es “chinga tu madre”, porque así es he, perdón, no, ¿cuál debate democrático?

Es decir, hay una condición mínima de entendimiento que no necesariamente traen aparejadas las redes sociales, y en segundo lugar todo el debate democrático requiere una dosis de responsabilidad de quien intervienen en el mismo.

En la antigua Grecia, en la antigua Atenas, quiénes participaban en la discusión en el mercado, en la plaza pública, tenían que enfrentar al público, tenían que hacerse responsables de sus dichos, y un “huevo”,  o “Britney Spears” como ícono de una cuenta social, de una red social, pues lo único que hace es des responsabilizar a quien participa en el debate público.

El anonimato que muchas veces permite las redes sociales diluye en lugar de reforzar una discusión democrática.

Y es que los entornos digitales y, en particular las redes sociales, han conducido, además, precisamente por estos dos elementos que no proveen en automático, a la polarización del debate público, minando, incluso, la desconfianza entre personas y hacia las instituciones.

Esto ha sido particularmente sensible en algunos contextos, incluyendo los electorales; justo en los que nosotros tenemos que administrar.

Esto ha sido además alimentado por la indignación social, una inconformidad que está ahí, y que si no atendemos y comprendemos, corremos el riesgo de, como anti ojeras, llevar a la democracia por derroteros que van a terminar con su erosión.

Decía, alimentada por la indignación social y escondida y reforzada por el anonimato, la polarización captura la deliberación sobre temas, eventos y actores; y desplaza así la necesaria discusión que, como decía, debe de ser informada, atemperada, mínimamente respetuosa, y detallada.

Miren que no estoy pretendiendo que la democracia se convierta en una especie de representación de un salón de té inglés en el Siglo XIX. La democracia es pasión y a nosotros no nos toca administrar esa pasión que en muchas ocasiones se desborda.

Pero una cosa es eso y una cosa reducir el debate democrático al ya mencionado “chinga tu madre”. Que a veces es necesario y hasta alivia el corazón, pero que no nos conduce a ningún lado.

La desinformación es un segundo desafío en este contexto que enfrenta la ciudadanía digital, concebida como la difusión masiva de información falsa con la intención de engañar al público a sabiendas de su falsedad, la desinformación no sólo puede influir en los comportamientos electorales, sino también erosionar la convivencia democrática.

Nueva nota al pie. Y la desinformación no es nueva. La mentira no es nueva en el ámbito de la política.

La mentira y la política probablemente nacieron al mismo tiempo, los llamamos de manera distinta, ahora decimos fake news, Platón los llamaba demagogos, el rol del demagogo en la plaza pública era exactamente el que, digamos, con labia discursiva, pero falseando la argumentación, se convencía a los demás.

Hay muchas maneras de llamar a las noticias falsas, claro, nunca como ahora habíamos enfrentado con el contexto tecnológico actual la posibilidad de la lesión masiva o del daño masivo que la mentira hoy puede generar, y es que la desinformación tiene el potencial de minar la credibilidad de las instituciones públicas e incluso, de manera más profunda, poner en serio cuestionamiento las bases del conocimiento científico acumulado desde hace siglos.

Un dato que a mí me espantó y que pudimos conversar los consejeros electorales con el Relator de Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos es, y esto no sé cuántos de ustedes tengan conciencia, pero es aterrador.

Es la cantidad de seguidores que lo que ahora se llama “terraplanismo” está cada vez más consiguiendo.

Es decir, en el mundo hay cada vez más personas que creen que la tierra es plana y que todo lo demás, de Galileo en adelante ha sido un complot y una conjura internacional con no sé qué obscuros propósitos.

Híjole y de veras el internet iba a generar el ciudadano virtuoso que iba a, desde su celular a interactuar y tomar las decisiones públicas. Valga un laico, y subrayo laico, ¡Dios nos libre!

Un tercer desafío crítico para la vida democrática y para la ciudadanía digital, y termino, es el empobrecimiento, como decía, del debate público, y la dispersión de la deliberación colectiva.

Aunque con agenda propia y no siempre transparentes, los medios de comunicación tradicional, la prensa, pero no solo, contribuía y lo sigue haciendo, a procesar la información y a focalizar la discusión pública en temas delicados o de necesaria atención.

Los entornos digitales donde se compite por la atención constante del público han expandido, sin duda, el acceso a la información, pero al mismo tiempo han favorecido la dispersión de la conversación pública, y en muchos casos, han empobrecido la calidad de la discusión, donde, con demasiada frecuencia se privilegia la agilidad en el debate, la descalificación o el franco insulto frente al intercambio de ideas.

Construir una ciudadanía digital, termino, en clave democrática, me parece que exige enfrentar retos, como los que hemos mencionado, además de los ya consabidos retos en materia de ciberseguridad y protección de datos personales, pero también implica abordar cuestiones tan complejas como el pleno ejercicio de la libertad de expresión, evitar la autocensura o el problema del uso de algoritmos y aquí pienso en Cambridge Analytica y demás, sin bases o elementos de contexto.

Para la construcción de una ciudadanía digital sólida, se requiere el desarrollo de competencias y destreza tecnológicas que van mucho más allá de las habilidades de uso de dispositivos; lo que se requiere es generar capacidades para un desempeño óptimo en el entorno digital, que favorezca la participación, el respeto, la recreación, en la red, de los valores democráticos y el intercambio y la deliberación informada que permitan la colaboración y la convivencia respetuosa, también en el ámbito digital.

En este empeño reside, me parece, una parte importante de la vitalidad presente y futura de nuestras democracias y es preciso que comencemos a articular esfuerzos conjuntos para garantizarla y aprovechar así las oportunidades que la ciudadanía digital puede y debería aportar a la cultura democrática de nuestras sociedades.

Por lo pronto, lo que nos toca como operadores jurídicos, es lidiar constantemente y cotidianamente con este problema y, yo diría, sin desprendernos, sin desentendernos de los desafíos y de la discusión, en una materia que es absolutamente desconocida para muchos, que es un terreno desconocido para muchos, sin perder de vista lo que hemos logrado conseguir y que ha colocado al Sistema Electoral Mexicano como un punto de referencia, frente a los desafíos que el mundo digital está imponiendo a la democracia y, concretamente a las elecciones en el mundo.

En el mundo hoy se habla de dos grandes modelos: el modelo francés, por un lado, que es un modelo que enfrenta estos desafíos a los que he hecho referencia en una lógica de regulación y criminalización.

Hoy en Francia, de acuerdo con las leyes aprobadas por la Asamblea Nacional en diciembre pasado, quien emita una noticia falsa, quien crea, pues, una noticia falsa, durante una campaña electoral, comete un delito.

Quien la difunde, comete un delito y la plataforma que no la baja de la red, habiendo sido notificada en un brevísimo tiempo, comete un delito.

Quienes sabemos los dilemas que implican definir, si ya tenemos problemas con definir lo que es calumnia, y nos ha constado mucho poder marcar la frontera, imagínense ustedes que nos pongan como autoridades electorales, a juzgar lo que es una noticia falsa.

Hay algunas que son claramente identificables, cuando se decía el año pasado que la elección no iba ser el 1° de julio, sino el 8 de julio, pues ahí hay alguien que claramente está mintiendo, pero quién me ayuda a definir lo que es una noticia falsa de una verdad a medias o de una opinión que en democracia debería siempre protegerse.

El otro modelo es justo el que hemos construido en los dos procesos electorales recientes, y que, si bien han implicado, como suele ocurrir en esta materia, un saque de parte de las autoridades administrativas, han tenido una convalidación por parte de las autoridades jurisdiccionales y es el modelo mexicano.

A nivel internacional, el caso mexicano, es un caso de estudio, en que justamente se está hablando como una manera de enfrentar, distinta a la criminalización y probablemente más sensata y hasta más democrática, el dilema que las redes y que la construcción de una ciudadanía digital todavía en ciernes demanda.

Combatir la desinformación con información, combatir las acusaciones que algunos hacían como, por ejemplo, que con el convenio con Facebook el INE estaba poniendo la base de datos del Padrón Electoral en manos Cambridge Analytica, con información cierta y oportuna y con esto termino.

Más allá de las reflexiones conceptuales que, como autoridades administrativas y autoridades jurisdiccionales vamos a tener que estar haciendo y debemos seguir haciendo sobre estos temas, me parece que potenciar nuestra dimensión pedagógica para poder explicar y como nos enseña dolorosamente la historia electoral reciente, cuando uno explica un problema no está explicando está haciendo control de daños, explicar significa lograr anticiparse y de la manera lo más sencilla posible, de manera oportuna y de manera lo más incisiva que podamos, explicarle y desmentir lo que nos lastima.

Y termino como empecé, por eso es importante también asertivamente y sé que hay quienes no pueden hacerlo porque eventualmente el asunto llega en su jurisdicción, condenar también hechos graves para la democracia, como lo que está ocurriendo en Baja California.

Muchísimas gracias.

 

 

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