Consulta el artículo de la Consejera Carla Humphrey publicado en La Silla Rota

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La educación cívica: la mejor inversión para el futuro democrático de México

La fortaleza democrática comienza mucho antes de que una persona deposite su voto en las urnas: empieza cuando aprende a convivir, participar y asumir que los asuntos públicos también le pertenecen. | Carla Humphrey

pregunta mirando hacia las elecciones. Sin embargo, la fortaleza democrática comienza mucho antes de que una persona deposite su voto en las urnas: empieza cuando aprende a convivir, participar y asumir que los asuntos públicos también le pertenecen. Las elecciones son indispensables para renovar pacíficamente el poder público, pero la permanencia de la democracia depende, ante todo, de la calidad de su ciudadanía y de las capacidades democráticas que ésta desarrolla a lo largo de su vida.

La democracia no es una condición que simplemente heredamos; es una capacidad que se aprende, se practica y se transmite

Escuchar opiniones distintas, deliberar con respeto, resolver desacuerdos por vías pacíficas, asumir responsabilidades compartidas, participar en los asuntos públicos y actuar con apego a la legalidad son capacidades que se desarrollan mediante experiencias de aprendizaje a lo largo de la vida. Entendidas como el conjunto de conocimientos, habilidades, valores y actitudes que permiten participar responsablemente en la vida pública y ejercer plenamente los derechos políticos y electorales, constituyen el principal activo de toda sociedad democrática.

Por ello, la educación cívica representa la mejor inversión para el futuro democrático de México. Su propósito no se limita a transmitir conocimientos sobre las instituciones o las elecciones; su verdadero valor consiste en desarrollar capacidades democráticas que permitan comprender la importancia de la vida pública, involucrarse en ella y contribuir al bien común. Invertir en educación cívica significa fortalecer la confianza en las instituciones, prevenir la desinformación, reducir la polarización y consolidar una cultura basada en el respeto, la legalidad y el diálogo.

Esta formación debe comenzar desde las primeras etapas de la vida. La democracia no inicia cuando una persona obtiene su credencial para votar; comienza mucho antes, cuando niñas, niños y adolescentes aprenden que las diferencias pueden resolverse mediante el diálogo, que las reglas hacen posible la convivencia y que participar en la comunidad también implica asumir responsabilidades.

Ese aprendizaje temprano contribuye a desarrollar capacidades para reconocer, ejercer, defender y promover, entre otros, los derechos políticos y electorales. Comprender el valor de la igualdad, la inclusión, la no discriminación y el respeto a la diversidad fortalece la convivencia democrática y permite identificar las barreras que aún limitan la participación de muchas personas. Asimismo, dota a la ciudadanía de herramientas para reconocer que la violencia política contra las mujeres en razón de género vulnera los derechos políticos y electorales y debe prevenirse, denunciarse, sancionarse y erradicarse. Formar ciudadanía implica empoderar a las personas para ejercer plenamente sus derechos y contribuir a que todas las demás puedan ejercer los propios en condiciones de igualdad.

En este proceso, la participación ciudadana, así como otros componentes propios de una democracia como, por ejemplo, la observación electoral desempeñan un papel fundamental. Tradicionalmente, la observación electoral ha sido entendida como un mecanismo para fortalecer la transparencia y la integridad de las elecciones. Sin embargo, su aportación va más allá. Observar un proceso electoral  permite comprender el funcionamiento de las instituciones, valorar la importancia de las reglas democráticas y asumir un compromiso activo con la defensa de los derechos políticos y electorales. Desde esta perspectiva, la observación electoral también constituye una escuela de ciudadanía: un espacio donde la democracia deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una experiencia de aprendizaje.

Así, la educación cívica desarrolla capacidades; la participación ciudadana ofrece oportunidades para ejercerlas; y la observación electoral las fortalece mediante la experiencia directa con la vida pública.

Por ello, la educación cívica no debe entenderse como un elemento accesorio de la democracia, sino como una política pública estratégica para su preservación y fortalecimiento. Apostar por ella no significa únicamente preparar mejores procesos electorales. Significa formar generaciones capaces de reconocer, ejercer, defender y promover sus derechos políticos y electorales; generaciones convencidas de que los asuntos públicos les pertenecen y que su participación puede transformar positivamente a su comunidad.

Porque la democracia no es una condición que simplemente heredamos; es una capacidad que aprendemos, practicamos y transmitimos. Esa es, quizá, la mejor inversión que México puede hacer para asegurar su futuro democrático.

Consulta más detalles en: https://lasillarota.com/opinion/columnas/2026/7/30/la-educacion-civica-la-mejor-inversion-para-el-futuro-democratico-de-mexico-610863.html

 

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