Emociones y afectos: un sistema complejo que aprovecha la desinformación 

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Emociones y afectos: un sistema complejo que aprovecha la desinformación 

Enojo, indignación o miedo son emociones que cumplen funciones de supervivencia. Suelen ser de corta duración, pero influyen en nuestro comportamiento, pensamientos y respuestas fisiológicas. 

El problema es que esas emociones pueden alimentar la desinformación y hacernos reaccionar a partir de mentiras, rumores o engaños.  

“Las emociones no son un efecto secundario de la desinformación, sino un motor central de ella”, explica para Certeza la doctora Isabela Corduneanu, especialista en sociología de las emociones y comunicación política, e investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. 

Impulsarnos a reaccionar, compartir o actuar no es el único papel de las emociones en el fenómeno de la desinformación; de hecho, actúan como un componente estructural mucho más amplio y complejo que analizaremos a continuación.  

Emociones, desinformación y elecciones  

Una de las teorías que intentan explicar cómo influyen las emociones en nuestra toma de decisiones es la del procesamiento dual, según la cual procesamos la información por dos vías: una rápida, espontánea, automática y emocional, y otra lenta, controlada y reflexiva.  

Cuando vemos una noticia en redes sociales solemos evaluarla por la vía rápida, lo que activa nuestras emociones, y nos hace vulnerables a replicar desinformación.  

Investigaciones han encontrado que las emociones se utilizan para alterar los estados de ánimo colectivos, erosionar la confianza en las instituciones y estimular la movilización política.   

Por ejemplo, una investigación realizada por especialistas de la Universidad Jaume I, ubicada en la localidad valenciana de Castelló de la Plana, España, analizó la carga emocional de la desinformación electoral que circuló durante la elección presidencial de Estados Unidos el año pasado. Encontró que había una carga emocional en 80.7% de los 374 contenidos falsos que fueron revisados. 

La ira (15.8%) y la alegría (14.7%) fueron las emociones que predominaron en sus contenidos. También destacan sentimientos negativos como la culpa (11.8 %), la vergüenza (11.2%) y el miedo (10.4%). 

Corduneanu precisa que las emociones negativas son más eficaces para movilizar historias falsas que las positivas, por una cuestión evolutiva. “Frente a la ira y el miedo, corremos, reaccionamos, accionamos”, describe. 

La especialista también señala que estas emociones aumentan la atención, la memoria y la probabilidad de compartir. Una cualidad especialmente útil si lo que se busca es viralizar el contenido, sin importar su grado de veracidad.  

Sin embargo, el miedo tiene una particularidad y es que también puede generar mayor cautela, lo que nos lleva a buscar más información y, de ser el caso, descubrir la mentira.  

De las emociones a los afectos y la polarización  

Las emociones no sólo juegan un papel crucial a la hora de compartir (o no) desinformación, sino que son parte de un sistema más complejo: muchas emociones se transforman en afectos negativos, que luego se consolidan como estados de ánimo que se prolongan por más tiempo. 

Los afectos son una disposición emocional o inclinación hacia alguna persona o idea, que se construyen a partir de emociones. “Tenemos afectos previos que determinan cómo interpretamos la información política, y siempre vamos a favorecer lo que confirma nuestras creencias”, explica la especialista.  

La desinformación aprovecha eso, pues “funciona mejor cuando activa identidades políticas”, explica. A esto hay que sumarle que la polarización afectiva hace que seamos cada vez más extremos con lo que creemos. 

Contrario a lo que podría creerse, la desafección o falta de afecto también es un problema que suele traducirse en desinterés o indiferencia. Las personas con desafección política son un blanco fácil para la desinformación, pues su falta de conocimiento en la materia las vuelve más vulnerables a creer en historias falsas. 

No hay que perder de vista que también ha sido documentado cómo las emociones personales pueden volverse colectivas o socializadas, especialmente cuando se comparten dentro de un grupo al mismo tiempo.  

Por ello la importancia de reflexionar antes de compartir cualquier información porque, además de contribuir con la difusión de desinformación, podemos estar alimentando un estado de ánimo colectivo que puede traer consecuencias negativas a nuestra sociedad.    

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