“Desafección” a la democracia, la mayor amenaza: Rafael Rubio Núñez

El mayor riesgo para la democracia en el mundo no son los golpes de Estado ni las revoluciones, es la pérdida del vínculo entre ciudadanía y el sistema democrático.
Así arranca el Dr. Rafael Rubio Núñez la charla en “Perspectivas con Certeza”, un ciclo de entrevistas del proyecto “Certeza” que busca dialogar con especialistas globales en la lucha contra la desinformación y sus efectos sobre la democracia en el siglo XXI.
Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Complutense de Madrid, Rubio recurre al término “desafección” para explicar un desapego, una distancia creciente entre ciudadanía y democracia.
Es un fenómeno que, dice, no sólo la debilita, sino que incluso puede terminar por vaciarla desde dentro.
¿Cómo se produce esa desafección, ese distanciamiento? Tiene causas concretas y, quizás, la más profunda es la erosión de la confianza que provoca la desinformación.
Esa desinformación no opera sólo a través de la mentira, sino a través de algo más corrosivo: la destrucción de la certeza compartida sobre lo que es real.
Para explicarse, Rubio recurre a una autora fundamental de la teoría política:
Hannah Arendt, en su ensayo Truth and Politics (1967) “decía que lo más peligroso de la mentira no es que nos exponga a ideas equivocadas, sino que acabe haciéndonos desconfiar de todo”.
Siguiendo la línea argumentativa, Rubio plantea una ruta nociva que comienza cuando en una sociedad deja de haber acuerdo sobre los hechos básicos:
– Se rompe la verdad, pero no sólo ella.
– En seguida se rompe el suelo común sobre el que se sostiene la vida democrática.
– De ahí no resulta una sociedad engañada sino…
– Una sociedad desorientada.
“No es la confrontación abierta la que más debilita a la democracia, sino la indiferencia, el desapego, la idea de que la democracia puede ser sustituida, sin un costo muy grande, si otra forma de organización social promete resultados más eficaces”.
Y ese es, quizá, el anticlímax: cuando la democracia deja de ser defendida, no porque haya sido derrotada, sino porque ha dejado de importar.
El sesgo, el filtro que lo controla todo
El currículum de Rubio es, por extenso y por suigéneris, prácticamente irreplicable. No es sólo un largo hilván de títulos, es el mapa de una vida dedicada a blindar la arquitectura democrática frente al asalto tecnológico.
Viene circulando desde hace años por veredas que vinculan mundos que suelen converger poco: el del derecho constitucional, por un lado; los sistemas electorales en el mundo, por el otro; y, para rematar, el de las tecnologías y las gigantescas empresas detrás de ellas, que parecieran querer engullir la democracia global.
De acuerdo con el Informe sobre Riegos Globales 2024 del Foro Económico Mundial, la “desinformación” es la mayor amenaza contra la especie humana en el corto plazo, por arriba de los riesgos ambientales y los geopolíticos.
Dice Rubio que, en realidad, la amenaza de la desinformación es que se genere un mundo de escépticos. “Eso erosiona la confianza y hace imposible construir una sociedad democrática”.
Usted ha dicho que no se trata sólo de desinformación, de mentiras, que todo se ha hecho más complejo…
Más allá de una amenaza global y genérica, la que enfrentamos es una amenaza que apela al sentimiento de las personas y que busca conocer a fondo sus mentes, para hacerlas más vulnerables.
Y, probablemente, no hay ecosistema más vulnerable a la desinformación y sus efectos que el electoral.
Ahí está Perú, como ejemplo. Malas decisiones y errores de la autoridad electoral dieron lugar a narrativas sobre fraude electoral que dinamitaron la confianza en la elección del 12 de abril pasado y amenazaron la paz social.
“La desinformación electoral puede traducirse en la generación de un clima que haga imposible la estabilidad democrática… poniendo en juego la legitimidad del elegido como la confianza general de la sociedad en sus instituciones y en su clase política”, dice Rubio.
Si eso pasa, que surjan propuestas o personajes políticos que identifican a la democracia como enemiga, es mero trámite, sólo cuestión de tiempo.
El Latinobarómetro es contundente: en nuestro hemisferio aumenta la población que considera que la democracia es sustituible.
Se ve muy claro en la región. El aumento en el número de personas que estarían dispuestas a vivir en un régimen no democrático, siempre que les supusiera bienestar.
¿Cómo tendría que darse la batalla contra la desinformación?
En al menos cinco planos:
- El normativo o jurídico. Con un marco legal que limite las posibilidades de la desinformación.
- El educativo o formativo, para relajar la polarización, que es el caldo de cultivo para la desinformación.
- El de la comunicación: las instituciones, especialmente las electorales, deben incrementar permanentemente su prestigio y generar tanta confianza como puedan.
- El de la ciberseguridad, uno de los flancos habituales que aprovecha la desinformación para generar una percepción de ineficiencia por parte de las instituciones. Y, por último:
- El de las alianzas: es imposible luchar contra la desinformación sólo con los recursos con los que cuentan las instituciones electorales. Debe hacerse un frente entre Estados-nación. El embate de la tecnología es global, el frente, la respuesta, debe serlo también.
La mediación invisible
El Dr. Rubio no se hace ilusiones: la batalla contra la desinformación no será fácil.
Entre otras cosas, porque vivimos una paradoja inédita. Es cierto, quizás nunca habíamos tenido tanto acceso a información como hoy, pero, al mismo tiempo, esa información nunca había estado tan filtrada como ahora. Y nunca había estado tan filtrada por filtros que no se ven, que son invisibles.
La información a la que tenemos acceso nunca había estado tan “seleccionada”, tan “dirigida”, tan “sesgada”. No vemos el mundo: vemos una versión editada de él.
Durante años, dice el académico, compramos la idea de que las grandes plataformas —Meta, Google, YouTube y compañía— operaban casi con un espíritu altruista, casi como benefactores.
Hoy está claro que nada estaba más lejos de la realidad. Su único interés es ganar dinero. Y eso cambia la ecuación.
La información dejó de estar mediada o filtrada por criterios informativos y pasó a estar ordenada por intereses económicos muy concretos. No es un detalle menor: es lo que determina qué vemos, qué no vemos y, en buena medida, cómo entendemos el mundo.
El poder de las Big Tech se antoja inigualable…
Lo es, pero, paradójicamente, ser conscientes de su poder cada vez nos hace más poderosos (a quienes las enfrentamos) y nos invita a empezar a dar la batalla.
¿Cómo darla?
Moviéndose en escenarios multinacionales en los que los distintos Estados unan sus fuerzas para dar una respuesta que ponga en riesgo el modelo de negocio de las plataformas.
¿Si sienten presión se detienen?
Cuando Brasil amenazó el modelo su negocio, las plataformas empezaron a hacer caso a los tribunales brasileños. Cuando México, con sus millones de habitantes, puso de manifiesto que las plataformas eran una amenaza para el sistema, las plataformas, al menos, hicieron el amago de escuchar.
Usted ha dicho que la sociedad juega un papel decisivo en la batalla…
Los ciudadanos comunes son aliados indispensables de la cadena de la desinformación. La desinformación se vuelve universal cuando son muchos los particulares que reciben esa desinformación y, por prisa o falta de una higiene informativa, se hacen eco de ella y la distribuyen de manera masiva. No hay desinformación sin sociedad desinformada.
¿Qué se necesita?
Que la sociedad se informe, que la sociedad adquiera una serie de hábitos de consumo de información, de chequeo, de verificación, de comprobación.
El Dr. Rafael Rubio sabe que en el combate contra la desinformación el papel de los órganos o instituciones electorales es básico. Tienen que hacer su trabajo: organizar elecciones, fiscalizar el dinero de los partidos, garantizar la imparcialidad de la contienda.
Pero tienen una responsabilidad mayor y, en ocasiones, más difícil de cumplir: construir la mejor de las percepciones posibles sobre el propio organismo electoral.
“Las instituciones no sólo deben hacer bien su trabajo, tienen que generar el clima de confianza del que estamos hablando”.
Durante la elección presidencial del 2 de junio de 2024 en México, el Dr. Rubio formó parte de una misión de observadores que visitó las instalaciones del Instituto Nacional Electoral.
Conoció entonces del proyecto “Certeza INE” que, en ese momento, estaba concentrado en la verificación de información relacionada con el proceso electoral.
Rubio recomendó que el programa se hiciera permanente. Así ocurrió.
Certeza, como sugirió, se volvió permanente. ¿Qué le recomendaría ahora?
Que no se convierta en un aparato burocrático de una institución enorme como es el Instituto Nacional Electoral, sino que siga siendo un proyecto con ilusión, con principios, que siga siendo un proyecto que ilusione, que se comprometa a dar las respuestas que necesita dar hoy.
¿Algo más?
Que no se confíen, que entiendan que las recetas que funcionaron en el último proceso presidencial, probablemente dos años después hayan dejado de funcionar.
Un proyecto como Certeza tiene que estar siempre a la última, hablando con expertos, leyendo y publicando información relevante. Deben tener esa ambición de ser punteros, de ser una referencia no sólo en México, sino a nivel regional. Creo que tienen los recursos y la experiencia para convertirse en referente en toda la región.