Hablar de democracia implica reconocer una paradoja cada vez más visible: aunque la democracia sigue siendo el sistema de gobierno preferido en buena parte del mundo, al mismo tiempo crece una sensación de distancia, desconfianza y desapego entre la ciudadanía y las instituciones que la representan. Este fenómeno es conocido como desafección democrática y no es exclusivo de un país ni de una región; es una tendencia global que plantea retos profundos para la calidad y la sostenibilidad de nuestras democracias.
La desafección no significa necesariamente un rechazo a la democracia como ideal, en muchos casos expresa una brecha entre lo que la ciudadanía espera del sistema democrático y lo que percibe que recibe en la práctica: representación efectiva, capacidad de respuesta, inclusión y resultados tangibles. Cuando esa brecha se prolonga, la ciudadanía siente que la participación pierde sentido y su vínculo con las instituciones se debilita.
En América Latina, esta tensión es particularmente visible. De acuerdo con el Latinobarómetro 2024, 52% de la ciudadanía considera que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, lo que representa un repunte respecto de años anteriores. Este dato confirma que el ideal democrático mantiene legitimidad social y que no existe un abandono generalizado de la democracia como principio normativo.
Sin embargo, este apoyo convive con un profundo desgaste institucional. El mismo informe documenta el agotamiento de los partidos políticos como canales de representación, la deslegitimación de los congresos, la debilidad percibida del sistema judicial y una creciente desconfianza hacia las élites políticas. La desafección democrática, por tanto, no se dirige contra la democracia en abstracto, sino contra la manera en que ésta se traduce —o deja de traducirse— en decisiones públicas que respondan a las demandas sociales.
Reconocer la desafección democrática no implica asumir una narrativa de fracaso, sino entenderla como una señal de alerta. Los datos muestran que la democracia es resiliente, pero también exigente: sobrevive, se adapta y resiste, pero requiere transformaciones profundas para reconstruir la confianza ciudadana.
El reto central es recomponer el vínculo entre ciudadanía e instituciones, y eso implica fortalecer la representación, ampliar los espacios de participación efectiva, mejorar la capacidad de respuesta de las autoridades y garantizar que las decisiones públicas tengan un impacto tangible en la vida cotidiana de las personas. Sin una ciudadanía que se sienta parte del proceso democrático, la democracia corre el riesgo de vaciarse de contenido, aun cuando conserve sus formas.
La desafección democrática no es una sentencia de muerte para la democracia misma, sino un llamado a repensar cómo se ejerce el poder, cómo se toman las decisiones y cómo se debería continuar con la construcción de una democracia que no solo exista formalmente, sino que sea socialmente significativa.
Consulta el artículo en El Heraldo de México.